Foto: Boston Pride, 2017 (Elizabeth Gillis/WBUR)
Cada año, cuando llega el mes de Pride, muchas personas fuera de la comunidad LGBT continúan viendo estos eventos únicamente desde el lente del exhibicionismo, el brillo y el entretenimiento.
Para algunos, Pride es sinónimo de extravagancia y sexualidad pública. Sin embargo, esa visión ignora gran parte de la historia y el significado humano detrás del movimiento.
Pride no nació como una fiesta, sino como respuesta a décadas de humillación, criminalización y silencio forzado. Aunque el movimiento moderno se asocia con Stonewall en Nueva York, Massachusetts y Vermont tuvieron un papel protagónico en la evolución legal de los derechos LGBT en Estados Unidos.
Vermont legalizó las uniones civiles en 2000 y Massachusetts se convirtió en el primer estado en legalizar el matrimonio igualitario en 2004. Nueva York, a pesar de ser el origen del movimiento, legalizó el matrimonio en 2011.
Cuando gran parte de Estados Unidos todavía debatía el matrimonio igualitario en 2015, ya hacía una década que esa era la realidad cotidiana en Massachusetts. La integración de la población LGBT en esta región no existe de manera superficial, sino que está profundamente incorporada a la vida pública y social.
La gobernadora actual de Massachusetts, Maura Healey, es abiertamente lesbiana. No tuvo que casarse con un hombre ni construir una imagen falsa de familia tradicional para poder llegar a la gobernación. Ese detalle demuestra el alto nivel de integración de la población LGBT en Massachusetts.
Después de casi veinte años viviendo fuera de Puerto Rico, he aprendido que Pride significa mucho más que desfilar. Se trata de memoria, visibilidad, comunidad, activismo y afirmación humana.
Participan hospitales, bancos, universidades, sindicatos, políticos, familias y organizaciones cívicas. El reconocimiento institucional es tan amplio que muchas personas de regiones conservadoras no lo comprenden fácilmente.
Por eso, a veces, cuando escucho prejuicios y discursos condenatorios sobre Pride, no puedo creer a mis oídos porque vivo en otro tipo de sociedad. Lo cierto es que los cambios legales no eliminan automáticamente la homofobia. Y la historia de otros movimientos sociales demuestra exactamente lo mismo.
También existe la idea absurda de que Pride es solamente para jóvenes y que llegar a cierta edad significa encerrarse en la casa y desaparecer de la vida pública. La necesidad humana de comunidad no desaparece con los años; evoluciona con la edad, pero siempre está presente.
Además, quienes vivimos en el norte entendemos algo difícil de explicar en climas tropicales: el verano aquí dura poco. Y la gente aprovecha esta temporada para salir, caminar, participar en festivales y disfrutar el aire libre antes de que llegue nuevamente el frío largo.
Como dice Andy Montañez en “Un verano en Nueva York”, todos los festivales y celebraciones parecen juntarse en una misma temporada. Y Pride es parte de esa experiencia colectiva de comunidad, visibilidad y vida pública.
Siempre me resulta irónico que algunas de las sociedades más obsesionadas con vigilar la sexualidad y la moral pública enfrenten altos niveles de violencia cotidiana. Boston apenas ha experimentado 6 asesinatos en 2026 (alto para los estándares locales).
Eso no significa que las sociedades religiosas sean violentas ni que las liberales sean perfectas, pero sí cuestiona la idea de que Pride y la población LGBT conducen al caos social y moral.


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