Foto: Coro de Hombres Gays de Boston

Cuando llegué a Estados Unidos desde Puerto Rico hace 19 años, venía cargando mucho más que maletas. Traía una visión del mundo moldeada por años de pentecostalismo, advertencias apocalípticas y relatos sobre la decadencia moral de las grandes ciudades estadounidenses. Mis primeros cinco años en la región central de Florida fueron una extensión de ese relato.

Había escuchado muchísimas veces que lugares como Boston, Chicago, Nueva York o San Francisco eran centros de libertinaje y pecado. Cuando llegué a Boston hace 14 años, esperaba encontrar exactamente eso. Sin embargo, la realidad fue muy distinta.

No encontré a Sodoma y Gomorra. Tampoco encontré turbas de personas empeñadas en destruir la civilización occidental al estilo del relato de Lot en el Génesis, ni las escenas de decadencia que algunos predicadores describían desde los púlpitos.

Para mi sorpresa, Boston no tenía nada relacionado con el caos moral que yo imaginaba. Lo que encontré fue una ciudad llena de estudiantes, trabajadores, familias, profesionales, inmigrantes, artistas y personas tratando de construir una vida mejor para sí mismas.

Pensaba encontrar una marcha de Orgullo con gente exhibiendo nalgas, pechos y músculos, pero encontré personas marchando como si fuera un acto político con alcaldes, gobernadores, congresistas y representantes. La marcha de Orgullo no solo era para la población LGBT, sino era una fiesta de pueblo.

Hubo un año en que participé en la marcha representando a una organización vecinal con quienes yo estaba involucrado. El apoyo del público a lo largo del recorrido fue abrumador, algo que yo jamás había experimentado. Gente que ni siquiera me conocía, me celebraba.

Por supuesto, la marcha tiene un aspecto no tan romántico: dura cuatro horas, uno suda muchísimo por el sol y termina con los pies destruidos. Luego de la marcha, hay diferentes actividades públicas en varios puntos de la ciudad con música en vivo, venta de souvenirs, comida, etc. Es un evento totalmente familiar.

Estados Unidos no es igual en todas partes. Cada región del país tiene una cultura distinta, aunque comparta el mismo idioma, la misma bandera y las mismas instituciones federales. La cultura general de la región de Boston es progresista en lo social y moral, pero rechaza los excesos.

Los bostonianos parecen fríos al principio porque no son demasiado expresivos, pero esa aparente frialdad no refleja falta de interés, sino una cultura emocionalmente contenida que busca no salirse de control. Y esa misma moderación se refleja en las actividades del Mes del Orgullo.

Quizás por eso me impactó tanto descubrir que la realidad en Boston era tan diferente de lo que aprendí en la iglesia. Aunque existe exhibición corporal en ciertas ciudades del país, no es una tendencia generalizada ni es parte de lo que significa ser una persona LGBT. Somos humanos, no una caricatura estereotipada.

Encontré un mundo totalmente diferente al que aprendí: una sociedad donde la gente vive su vida y deja a los demás vivir la suya.

Si le gusta esta publicación, comparta, comente y considere subscribirse para que se entere del contenido más reciente.

Leave a comment