Foto: South End de Boston
Ahora que estoy a punto de irme de Massachusetts, me sorprende la nostalgia que siento por el South End, uno de los barrios que se encuentran dentro de los límites municipales de la ciudad de Boston. Yo vivía en West Newton Street, una calle que podía recorrerse de un extremo al otro en quince minutos a pie.
Sin embargo, el tramo donde estaba mi edificio era muy distinto al resto, porque era el único con vivienda pública y concentraba problemas de criminalidad que no representaban al resto de la calle ni al South End en general. La nostalgia no es por el tramo de mi calle, sino por el resto del vecindario.
Hace 19 años, cuando llegué a Florida desde Puerto Rico, soñaba con vivir en una gran ciudad, pero ninguna ciudad de Florida se acercaba a eso. El South End de Boston fue aquel sueño hecho realidad sin habérmelo propuesto. Bastaba con bajar las escaleras de mi edificio para tener a mi alcance lo que necesitara de Boston.
El South End era un paraíso peatonal, conectado por diez rutas de guaguas y dos estaciones del tren. No había que planificar demasiado para salir y distraerse. Incluso, de madrugada, siempre había alguien en la calle, ya fueran personas regresando a casa, paseando al perro, saliendo de un restaurante o simplemente atravesando el vecindario. El South End nunca dormía completamente.
La construcción del South End comenzó en 1849 y se extendió hasta 1901. Mi edificio era de 1898, el mismo año de la Guerra Hispanoamericana. Desde entonces y hasta el presente, solo fue remodelado en 1977 y 2019. Durante más de un siglo, aquel edificio vio pasar varias generaciones de residentes.
Sin embargo, mi relación con el South End siempre tuvo una contradicción. Yo estaba muy por debajo del nivel socioeconómico de la mayoría de sus residentes. El tramo de mi calle estaba rodeado de mansiones valoradas en millones de dólares, restaurantes caros, boutiques de lujo y comercios con precios para consumidores de alto poder adquisitivo. Yo estaba fuera de lugar allí.
Apenas podía costear algunos comercios como Walgreens, Don Quijote, South End Pizza & Grill y el 7-Eleven. Había abundancia a mi alrededor, pero no estaba hecha para mi nivel económico. La asistencia alimentaria no me duraba un mes con aquellos precios.
Sin embargo, daba gusto caminar por las calles tranquilas y arboladas, con pequeños parques e hileras de edificios de ladrillo bien cuidados. Todavía me conmueve cuando lo veo en fotografías porque, a pesar de todo, fue el lugar donde logré reconstruir mi vida después del sinhogarismo.
Quizás por eso la despedida resulta tan complicada. Puedo sentir rabia, reproche y desilusión sin negar el cariño y la nostalgia. El South End no fue perfecto, pero fue mi hogar durante una etapa crucial de mi vida. Y todavía recuerdo exactamente lo que se sentía bajar aquellas escaleras y encontrar a Boston esperándome afuera.


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