Durante la década de 1990 me preparé académicamente para quedarme en Puerto Rico. Nunca concebí mi educación como una plataforma para emigrar. Mi expectativa era estudiar, trabajar y construir mi vida en la isla donde había nacido y crecido.

Estados Unidos no formaba parte de mi proyecto personal. Como tantos puertorriqueños de mi generación, asumía que mi futuro estaría en la isla, aunque ese no terminó siendo el caso.

En mayo de 2006, Puerto Rico vivió el histórico cierre del gobierno. Aquel episodio fue como las primeras brisas de un huracán en la vecindad. En ese momento era difícil imaginar hasta dónde llegaría todo aquello. No sabíamos que vendrían años de recesión, despidos masivos, crisis de deuda, una Junta de Supervisión Fiscal y nuevas oleadas de emigración.

Diez meses después, el 20 de marzo de 2007, abordé un vuelo de Delta Airlines hacia Orlando junto a mi entonces pareja, un hombre bastante mayor que yo, de una edad en la que perfectamente podía haber sido mi padre. Hay hombres que terminan casándose con mujeres que se parecen a sus madres. Yo terminé emparejado con un hombre que podría haber sido mi padre.

No llegué con una oferta de empleo ni con una carrera profesional esperándome en el continente. Aunque llegué acompañado, eso no significaba que estuviera protegido de la incertidumbre de comenzar de nuevo.

La relación duró un año. Cuando terminó, tuve que irme a vivir solo y ahí comprendí lo que significaba haber emigrado. Ya no se trataba de adaptarme a otro lugar, sino de sostenerme por mi cuenta, buscar vivienda, trabajar y construir una vida que nunca había imaginado.

Mi salida de Puerto Rico fue mucho más que una mudanza. Fue una ruptura que jamás anticipé. Emigrar significó aceptar que el proyecto de vida para el cual me había preparado ya no sería el que iba a vivir.

Salí antes de que la crisis alcanzara su máxima intensidad y sin saber lo que estaba comenzando. A medida que la crisis se profundizó, cientos de miles de personas terminaron tomando el mismo camino.

Todo migrante se lleva consigo una versión congelada del país que dejó atrás. La mía es el Puerto Rico que conocí hasta 2007. La isla continuó cambiando, pero yo no estuve allí para experimentar esos cambios como parte de la vida cotidiana.

Mi experiencia en Estados Unidos tampoco transcurrió hablando español dentro de una burbuja puertorriqueña. Aunque nunca dejé de ser puertorriqueño, mi vida cotidiana se desarrolló en entornos donde tuve que adaptarme a códigos sociales y formas de vida estadounidenses.

En 2012 me mudé a Boston, donde mi otra prueba de vida fue aprender inglés escuchando el acento bostoniano. No entendía qué demonios decían porque no se parece al inglés claro de las clases o la televisión. Con el tiempo, mi oido se adaptó al inglés bostoniano, pero al principio fue una tortura.

A diferencia de Florida, donde las comunidades latinoamericanas conservan sus propias costumbres y pueden vivir aisladas de la sociedad angloparlante, Boston tiene una identidad local marcada que exige adaptarse a ella. La adaptación a los códigos sociales de Boston se sumó a la que ya venía desarrollando desde Florida.

Llevo 19 años y medio fuera de Puerto Rico. Los peores tiempos de mi adaptación ya pasaron. Después de tanto esfuerzo, regresar a la isla no sería simplemente volver a casa, sino enfrentar otra adaptación.

Puerto Rico cambió y yo tampoco soy la misma persona que salió. No estoy diciendo que Puerto Rico sea insoportable ni pidiendo que me digan dónde debo vivir. El asunto es que me adapté afuera y ahora no sé qué significaría volver después de tanto esfuerzo.

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