Foto: Letrero de advertencia de vigilancia vecinal en una zona residencial en Estados Unidos.

El siguiente caso tiene que ver con los puertorriqueños, pero la idea puede aplicarse también a otros latinoamericanos que se mudan a Estados Unidos.

Puerto Rico ha registrado más de 300 asesinatos durante los primeros nueve meses de 2026. La cifra resulta alarmante para cualquiera preocupado por el mantenimiento de la seguridad y la calidad de vida. Sin embargo, cuando una sociedad convive durante décadas con niveles elevados de violencia, existe el peligro de que parte de esa violencia termine normalizándose.

La resignación prevalente en Puerto Rico no ocurre en el vacío. La isla sufre de corrupción gubernamental y arrastra un largo historial documentado de policías que han protegido a narcotraficantes. Es comprensible que muchos puertorriqueños prefieran no involucrarse por temor a represalias.

El problema surge cuando trasladan esa misma lógica de supervivencia al mudarse a Estados Unidos. Aquí la relación entre la ciudadanía y las autoridades funciona de manera distinta, aunque no sea perfecta. La presión ciudadana en este país es fundamental.

Por ejemplo, Boston registró 56 homicidios en 2018, pero los bostonianos no nos quedamos tranquilos. Líderes religiosos, organizaciones comunitarias y residentes preocupados se organizaron, reforzaron iniciativas vecinales y demandaron un plan de acción que incluyera activamente a la comunidad. Yo asistí a varias reuniones.

Alguien de Puerto Rico que esté acostumbrado a cifras peores podría decir: “Eso no es nada, en Puerto Rico es peor”. Y mi respuesta sería: “No hay que esperar a que esto se convierta en otro Puerto Rico para entonces actuar, pues esas fueron las condiciones que nos hicieron salir de la isla.”

Compararse constantemente con un lugar que está peor puede convertir el deterioro paulatino en algo aceptable. Boston, en cambio, ha reducido significativamente sus homicidios desde los 56 registrados en 2018. Entre el 1 de enero y el 16 de agosto de 2026, la ciudad había registrado 20.

El miedo o la apatía a no involucrarse por desconfianza en las autoridades no funciona en la mayoría de las ciudades de Estados Unidos y reproducir ese razonamiento en este país contribuye al deterioro de las comunidades.

Aunque el gobierno es responsable de hacer cumplir la ley y el orden, la buena calidad de vida no se sostiene sola desde una oficina gubernamental. Se sustenta porque hay ciudadanos que reportan problemas, exigen respuestas a sus líderes, participan en sus comunidades y se niegan a aceptar como normal aquello que amenaza con destruir su bienestar.

Esa es la mayor lección de civismo estadounidense que he aprendido en Boston y va por encima de mi consumo de bienes materiales. Si la comunidad donde uno vive empeora, las posesiones que tanto uno valora pueden terminar robadas o vandalizadas porque nadie quiso defender la comunidad a tiempo.

Nada en Estados Unidos es gratis, incluida la buena calidad de vida.

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