Foto: Correo electrónico de aceptación de la petición para el cambio de nombre.
Después de dos décadas viviendo en Estados Unidos, no puedo vivir sujeto a las costumbres sociales de Puerto Rico. Eso incluye mis límites personales y la manera de entender mi identidad o la de cualquier otra persona.
Cambiarse legalmente el nombre no es algo extraño en Estados Unidos. Algunas razones incluyen matrimonio, divorcio, adopción, cambio de género, razones religiosas, conflictos familiares, identidad profesional o adaptación cultural. Otras personas lo cambian por uno que no sea tan común.
Algunos inmigrantes llegan desde sus países con nombres en otros idiomas que son difíciles de pronunciar en inglés y lo cambian a uno más pronunciable en Estados Unidos.
Existe una idea bastante fuerte entre los estadounidenses de que el nombre pertenece a la persona que lo lleva y puede hacer con él lo que quiera. La reacción social más común es: “¿cuál es tu nuevo nombre?” o “¿cómo te quieres llamar?”. Nadie trata el tema como un gran asunto.
Aunque en Puerto Rico también se permite cambiar el nombre por la vía legal, el cambio no tiene el mismo significado social porque el nombre completo tiene una dimensión familiar muy fuerte.
El sistema de dos apellidos identifica inmediatamente las líneas paterna y materna. El nombre no solamente dice quién eres, sino también de quién eres hijo y a qué familia perteneces.
Por eso, eliminar un apellido en Puerto Rico puede interpretarse como algo mucho más profundo que una preferencia personal y puede juzgarse como deslealtad a la familia o traición. Aparecen preguntas como: “¿Por qué te quitaste ese apellido?”, “¿qué pasó con tu familia?” o “¿qué necesidad había?”.
La persona termina muchas veces teniendo que defender su decisión para que otros la consideren válida. Y ahí es cuando aparece el contraste social y cultural entre Puerto Rico y Estados Unidos.
En la cultura individualista de Estados Unidos la pregunta central que la persona se hace es: “¿Este nombre representa quién quiero ser?”. Y en la sociedad puertorriqueña, que tiende a ser es más familiar y colectiva, el cambio puede convertirse en: “¿Qué razón tienes para alterar un nombre que te conecta con tu familia?”.
No se trata de que un lugar sea mejor o peor, pues el trámite legal es posible en ambos. El corazón del asunto es la actitud social prevalente en Puerto Rico de querer evaluar una decisión profundamente personal para decir si es válida o no.
El nombre David existe tanto en inglés como en español, aunque su pronunciación cambia según el idioma. Alexander es la forma inglesa de Alejandro y la escogí deliberadamente para reflejar mi trayectoria en Estados Unidos. Reyes es el apellido paterno de mi madre.
Mi madre murió cuando yo tenía apenas dos años. Si ella hubiera podido conocer la vida que me tocó vivir con mi padre, estoy convencido de que habría apoyado mi decisión de llevar únicamente su apellido. Esa decisión no necesita la aprobación de nadie que no sea el Tribunal de Herencias y Familia de Massachusetts y ya aceptó mi petición.
Lo que queda es la revisión judicial y el decreto final. Aunque no tengo garantía de cuánto podría tardar la determinación, es posible que el caso se resuelva administrativamente y sin comparecencia en cuestión de semanas.


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