Foto: El metro de Boston en hora pico.

Hace 19 años y medio llegué a Estados Unidos por Florida. Fue mi puerta de entrada al país, pero nunca sentí que encajara allí. Viví dificultades que pudieron haberse evitado si hubiera comenzado mi vida estadounidense en otra región.

No era solamente el clima. Se trataba de la cultura social de las apariencias, la presión sobre la imagen física, la dependencia del automóvil, las enormes distancias, el desparrame urbano y un ambiente político conservador con el que nunca me identifiqué.

Con el tiempo encontré mi lugar en el noreste. Viví ocho años en uno de los barrios más céntricos de la ciudad de Boston. Hace seis años que me mudé a las afueras y acabo de renovar mi sexto contrato de vivienda. Esta región, sin ser perfecta, se adapta mucho mejor a mis valores, necesidades y estilo de vida.

Prefiero las ciudades históricas, con barrios caminables y transporte público amplio, especialmente en tiempos de incertidumbre energética, cuando los conflictos internacionales, como el de Irán, aumentan los precios de la gasolina.

También adoro la diversidad cultural de las grandes ciudades del noreste, donde siento que tengo un pedacito del mundo a mi alcance. Puedo conocer distintas culturas y escuchar diferentes idiomas, con el inglés como lengua común que nos permite comunicarnos y conectar.

El español me une con los dominicanos y los cubanos. El inglés, por otra parte, me conecta con el resto del Caribe no hispanohablante, desde Haití y Jamaica hasta Trinidad y Tobago.

La libertad de comunicarme con personas de distintas nacionalidades me permite derribar prejuicios y estereotipos. La sensación de unidad con el Caribe es inigualable. Somos uno hasta en las altas carcajadas.

Por razones de salud, necesito acceso a servicios médicos y programas de asistencia pública. Los estados del noreste, aunque imperfectos, cuentan con redes amplias de protección social y eso es fundamental para mis circunstancias.

En estos momentos, espero una oportunidad de vivienda subsidiada en Providence, la ciudad capital de Rhode Island, en un programa para personas mayores o con discapacidades.

El costo de la vivienda en el área metropolitana de Boston se ha vuelto cada vez más difícil de afrontar, incluso para quienes contamos con asistencia pública. Providence es más asequible y está dentro de la misma región.

Lo más cómico es que todos los años maldigo el frío cuando llega el invierno. Me quejo de la nieve, el hielo y las temperaturas bajo cero. Sin embargo, cuando llega la primavera siguiente, digo: “Ay, no fue tan malo.” Así llevo casi 15 años.

El noreste tiene serios problemas, como los alquileres altos y la infraestructura envejecida, pero sigo encajando aquí. Florida fue solamente mi puerta de entrada a Estados Unidos, pero el noreste se convirtió en mi hogar. A la hora de la verdad, es aquí donde quiero seguir construyendo mi vida.

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